Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —¡Al diablo el que tuvo la idea de hacerme meter la nariz en ese humo negro! —exclamó furioso.
—Estamos perdiendo un tiempo precioso —dijo otro soldado—. El Tigre debe estar en el parque, tal vez pronto a saltar la cerca.
—Vayámonos, no será aquà donde ganemos las mil libras esterlinas.
Los soldados se retiraron a toda prisa, cerrando ruidosamente la puerta del invernadero.
Cuando el portugués no oyó más ruidos, dio un gran suspiro de satisfacción.
—¡Por los mil naufragios! —exclamó—. En unos cuantos minutos he vivido cien años. No daba ni una ` piastra por nuestros pellejos. Podemos encender un cirio a Nuestra Señora de los Mares.
—No niego que el momento ha sido de prueba —respondió Sandokán—. Cuando vi tan cerca aquella cabeza, no sé cómo me contuve para no hacer fuego.
—¡Buena la habrÃas hecho! Pero en fin, por ahora no tenemos nada que temer. Buscarán por el parque y terminarán por convencerse de que desaparecimos. ¿Y cuándo nos marcharemos? Porque supongo que no pensarás permanecer aquà unas cuantas semanas. Los paraos pueden haber llegado ya a la boca del riachuelo.