Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —¡Será una magnÃfica sorpresa! —repitió Sandokán—. Esperemos el momento oportuno para aparecer. Los soldados habÃan entrado ya y removÃan con rabia los tiestos y cajones de plantas, maldiciendo al Tigre de la Malasia y a su compañero.
Como no encontraron nada, pusieron los ojos en la estufa.
—¡Por mil gaitas! —exclamó el escocés—. ¿Habrán asesinado a nuestro compañero y lo habrán escondido ahà dentro?
—Vayamos a ver —dijo otro.
—Despacio, camaradas —advirtió un tercero—. La estufa es bastante grande para que pueda esconderse en ella más de un hombre.
Sandokán apoyó los hombros contra las paredes y se dispuso a dar una embestida tremenda.
—¡Yáñez —dijo—, disponte a seguirme! —¡Estoy dispuesto!
Al oÃr Sandokán que se abrÃa la portezuela, se alejó algunos pasos.
En seguida se escuchó un sordo crujido, e inmediatamente cedieron las paredes ante aquel empuje vigoroso.
—¡El Tigre! —gritaron los soldados.