Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —SÃ, dejó el arma, lo que significa que lo sorprendieron y se lo llevaron —dijo uno.
—Me parece imposible que los piratas estén todavÃa aquà y que se hayan atrevido a dar un golpe tan audaz —decÃa otro—. ¿No será una broma de Barry?
—No me parece un momento oportuno para divertirse.
—Yo creo que los piratas lo asaltaron.
—¿Pero dónde quieres que estén escondidos? Registramos todo el parque sin encontrar el menor rastro.
—¿Serán de verdad dos espÃritus del infierno que pueden esconderse donde quieran?
—¡Eh, Barry! —gritó una voz—. ¡Deja de hacer bromas pesadas o te doy de latigazos!
Naturalmente, nadie contestó. El silencio confirmó a los soldados que a su compañero le habÃa sucedido una desgracia.
—Entremos al invernadero —dijo uno de acento escocés.
Al oÃr estas palabras, ambos piratas se sintieron invadidos por una viva inquietud.
—Prepararé una bonita sorpresa a los chaquetas rojas —dijo Sandokán—. Tú te pones cerca de la puerta y le partes el cráneo al primer soldado que pretenda entrar.
Yáñez cargó su carabina y se tendió entre las cenizas.