Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —Entonces cogeremos a este.
—¿Quieres perdernos, Sandokán?
—¡Necesito a ese hombre! ¡Pronto, sÃgueme!
Yáñez quiso protestar, pero ya Sandokán se encontraba fuera del recinto. De buena o mala gana, se vio obligado a seguirlo para impedir, por lo menos, que cometiera una imprudencia.
El soldado estaba a doscientos pasos; era muy joven, probablemente un soldado novato. Avanzaba silbando. Sin duda no habÃa visto a Yáñez, pues de haber sido asÃ, habrÃa empuñado el arma y tomado precauciones. Ambos piratas se le echaron encima.
Mientras le Tigre lo asÃa por el cuello, el portugués lo amordazaba. Sin embargo, el soldado tuvo tiempo de dar un agudo grito.
—¡Pronto, Yáñez! —dijo Sandokán.
El portugués lo llevó rápidamente a la estufa. Sandokán se le reunió muy inquieto. HabÃa visto a varios soldados correr hacia aquel lugar.
—¿Habrán visto que capturamos a este hombre? —preguntó Yáñez palideciendo.
—Por lo menos deben haber oÃdo el grito que dio.
—¡Entonces estamos perdidos! Me parece que ya vienen.
No se equivocaba el portugués. Algunos soldados llegaban ya al escondite.