Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —Entonces déjame salir a mÃ.
—¿Y yo me quedo sin hacer nada?
—Si necesito ayuda, te llamaré.
Yáñez se quedó algunos minutos escuchando; después salió.
Algunos soldados registraban todavÃa, pero ya cansados, la intrincada maleza del parque. Otros habÃan salido, sin esperanzas de encontrar a los piratas cerca de la quinta.
—Esperemos —se dijo Yáñez—. Si en todo el dÃa de hoy no nos encuentran, puede que se convenzan de que logramos escapar. Entonces esta noche saldremos de nuestro escondrijo y nos internaremos en la selva.
Iba a volverse cuando vio que avanzaba un soldado por el sendero que conducÃa al invernadero.
Se ocultó en medio de los plátanos y retrocedió rápidamente hasta reunirse con Sandokán. Este, al ver su rostro descompuesto, supo que algo grave pasaba.
—¿Te han seguido? —preguntó.
—Temo que me hayan visto. Un soldado se dirige a nuestro refugio.
—¿Uno solo?
—SÃ, solo.
—¡Pues es el hombre que necesito!
—¿Qué quieres decir?
—¿Están lejos los otros?
—Cerca de la empalizada.