Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —Ten cuidado con la carta que quieres escribir al lord. Es un hombre muy suspicaz, y si ve que la letra no es la misma del baronet, puede mandar que te fusilen.
—Tienes razón. Es mejor que le diga de palabra lo que querÃa decirle por escrito. ¡Vamos, desnuden a ese cipayo!
A una seña de Sandokán, dos piratas desataron al soldado y le quitaron el uniforme. El pobre hombre se creyó perdido.
—¿Va a matarme? —preguntó a Sandokán.
—No —contesto éste—. Tu muerte no me reporta utilidad alguna; te dejo la vida, pero quedarás prisionero en mi parao mientras nosotros permanezcamos aquÃ.
—¡Muchas gracias, señor!
En tanto, Yáñez se vestÃa. Aunque el uniforme le quedaba un poco estrecho, se arregló como pudo y se equipó por completo.
—¡Mira qué soldado más elegante! —dijo mientras se ponÃa el sable al costado.
—SÃ, es cierto, eres un magnÃfico cipayo —contestó Sandokán riendo—. Ahora dame tus últimas instrucciones.