Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —¡Que un rayo parta por la mitad a ese maldito!
—Paranoa —dijo Yáñez impasible—, envÃa un hombre al parao para que me traiga papel, pluma y tinta.
—¿Qué vas a hacer con eso? —preguntó Sandokán asombrado.
—Son cosas que necesito para la ejecución del proyecto que vengo meditando hace media hora.
—ExplÃcate.
—Voy a ir a la quinta de lord James.
—¡Tú!
—Yo mismo, yo —contestó Yáñez con calma.
—Pero, ¿cómo?
—Metido en el traje de ese cipayo. ¡Caramba el soldado espléndido que seré!
—Comienzo a entender. Te vistes de cipayo, y finges que llegas de Victoria...
—Y aconsejo al lord que se ponga en camino para hacerle caer en la emboscada que le preparamos.
—¡Ah, Yáñez! —exclamó Sandokán y lo estrechó contra su pecho.
—¡Despacio, que me quiebras un brazo!
—¡Si logras lo que te propones, te lo daré todo!
—Espero conseguirlo.
—Pero te expones a un gran peligro.
—No temas, saldré del apuro con honra y sin que se me mueva un pelo.