Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem Ató al animal, que no sufrió el menor daño, a un árbol, y se reunió con Sandokán, que registraba al sargento.
—No encuentro ninguna carta —dijo.
—Por lo menos hablará —dijo Yáñez.
—No hablaré —contestó el sargento.
—¡Habla o te mato!
—¡No!
—¡Habla! —ordenó Sandokán, empujando el kriss. El inglés dio un grito de dolor; el kriss le hizo brotar sangre.
—Hablaré —murmuró, muy pálido.
—¿Adónde ibas?
—A casa de lord Guillonk.
—¿Con qué misión?
—Llevo una carta del baronet William Rosenthal.
—¡Dámela!
El cipayo sacó una carta de su casco.
—¡Bah, cosas viejas! —dijo Yáñez después de leerla.
—¿Qué escribe ese perro? —preguntó Sandokán furioso.
—Advierte al lord de un inminente desembarco nuestro en Labuán, y le aconseja vigilancia.
—¿Nada más?
—¡Ah, sí! Envía sus respetuosos saludos a tu Mariana, acompañándolos de un juramento de amor eterno.