Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —Al contrario. Pondremos un obstáculo y el jinete saldrá despedido de la silla sin que pueda utilizar su arma. Ven, Paranoa, trae una cuerda.
—¡Comprendo! —exclamó Yáñez—. ¡MagnÃfica idea! ¡Y se me ocurre otra para utilizar al prisionero!
—¿Por qué te rÃes?
—¡Ya verás la jugarreta que le haremos al lord! Paranoa y sus hombres tendieron una cuerda muy sólida a través del sendero, pero bastante baja para que quedara oculta con las hierbas que crecÃan en aquel sitio. El caballo se acercaba rápidamente. Lo montaba un joven cipayo vestido de uniforme. Espoleaba con furia al animal, mirando con recelo en derredor.
—¡Atención, Yáñez! —murmuró Sandokán.
El caballo avanzó galopando hacia donde estaba la cuerda. De pronto cayó al suelo. Los piratas ya estaban allÃ. Antes de que el cipayo saliera de debajo del caballo, Sandokán le habÃa quitado el sable y lo amenazaba con el kriss.
—No opongas resistencia, porque te cuesta la vida —le dijo.
—¡Miserables! —exclamó el soldado.
—¡Por Baco! —exclamó el portugués, muy contento—. Haré bonita figura en la quinta. ¡Yáñez, sargento de cipayos! ¡Un grado que no esperaba!