Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —Por ahora —dijo Yáñez—, hagamos algo por la vida. Este paseo matinal me ha abierto el apetito de modo extraordinario.
Ya habÃan terminado de comer, cuando entró Paranoa jadeante.
—¿Qué sucede? —preguntó Sandokán, echando mano a su fusil al ver el rostro alterado del malayo.
—Alguien se acerca, mi capitán, oà el galope de un caballo.
—Será un inglés que va a Victoria.
—No, Tigre, viene de allá.
—¿Está todavÃa lejos? —preguntó Yáñez.
—Eso creo.
Los dos piratas cogieron las carabinas y salieron, en tanto los seis hombres se emboscaban en medio de la maleza.
Sandokán se dirigió al sendero, se puso de rodillas y apoyó el oÃdo en el suelo.
—SÃ, se acerca un jinete —dijo.
—Te aconsejo que lo dejes pasar sin molestarlo —dijo Yáñez.
—¡Ni lo pienses! Lo haremos prisionero, hermanito. Puede que vaya a la quinta con algún mensaje importante.
—Es difÃcil cogerlo sin que dispare.