Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —¿Y yo? ¡SerÃa la muerte del Tigre de la Malasia!
—Lo sé demasiado bien. ¡Estás hechizado! Llegaban en ese momento a las márgenes de la selva. Al otro lado se extendÃa una pequeña pradera, con varios grupos de arecas y maleza y atravesada por un ancho sendero donde crecÃa la hierba.
—La quinta no ha de estar lejos —dijo Yáñez.
—Distingo la empalizada por detrás de aquellos árboles.
—¡Perfecto! —exclamó Yáñez.
Ordenó a Paranoa que armara la tienda en el extremo del bosque ayudado por los seis hombres que lo acompañaban.
Sandokán y Yáñez fueron hasta unos doscientos metros de la cerca y luego volvieron al bosque y se tendieron bajo la tienda.
—Estamos al lado del sendero que va a Victoria —dijo Yáñez—. Si el lord quiere salir, pasará obligadamente junto a nosotros. En menos de media hora podemos reunir veinte hombres decididos a todo, y en una hora tener aquà toda la tripulación del parao. ¡Que intente moverse y lo acorralaremos!
—¡SÃ! —exclamó Sandokán—. Estoy resuelto a lanzar mis hombres contra un regimiento entero.