Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —¡Ah, Yáñez, qué bien me hacen sus palabras! —dijo Mariana—. Porque lo amo tanto que sin él la vida para mà serÃa un martirio.
—Volvamos ya a la quinta, milady. Dios velará por nosotros.
La condujo a la casa y subieron al comedor, donde ya estaba lord James.
—Me alegro que esté aquà —dijo—. Al verlo salir del parque temà que le sucediera alguna desgracia.
—Quise asegurarme por mà mismo de que no hay ningún peligro, milord.
Éste quedó silencioso durante algunos instantes, y en seguida se dirigió a Mariana.
—¿Has escuchado que nos vamos a Victoria?
—Sà —contestó ella con sequedad.
—¿Vendrás?
—Usted sabe demasiado bien que me serÃa inútil resistir.
—¡Antes que ser la mujer de ese perro que se llama Sandokán, prefiero matarte! —exclamó el lord furioso—. Anda a hacer los preparativos para el viaje.
La joven salió de la habitación cerrando violentamente la puerta.
—¿La ha visto? —dijo el lord volviéndose hacia Yáñez—. Cree que puede desafiarme, pero se engaña. ¡Vive Dios que lo evitaré aunque tenga que hacerla pedazos!