Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem Yáñez cruzó los brazos para no caer en la tentación de echar mano del sable. Hubiera dado la mitad de su sangre por liquidar a aquel viejo siniestro en ese mismo momento.
Cenaron en silencio. Antes de levantarse de la mesa, Yáñez preguntó:
—¿Nos marcharemos pronto, milord?
—SÃ, a medianoche. Llevaremos una escolta de doce soldados muy fieles y diez indÃgenas.
—Con esas fuerzas no tenemos nada que temer.
—¡Usted no conoce a los piratas de Mompracem! Si nos encontramos con ellos, no sé de quién serÃa la victoria.
—¿Me permite, milord, bajar al parque? Quisiera vigilar los preparativos de los soldados.
—Vaya, amigo, vaya.
El portugués salió y descendió rápidamente la escalera, pensando: "Creo que llegaré a tiempo para prevenir a Paranoa. Sandokán podrá preparar una magnÃfica emboscada".
Se acercó al invernadero sigilosamente y empujó la puerta.
De inmediato se alzó ante él una sombra y una mano le puso una pistola al pecho.
—¡Soy yo, Paranoa! —dijo—. Vete en seguida a advertir a Sandokán que dentro de unas pocas horas saldremos de la quinta.