Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —¿Son muchos?
—Unos veinte.
El malayo se lanzó por la senda y desapareció en medio de las sombras que proyectaban los árboles. Cuando Yáñez volvió a la casa, el lord bajaba la escalera. TenÃa su sable y una carabina en la mano. Mariana lo seguÃa.
Ya no era la enérgica muchacha que horas antes hablara con tanto fuego y valentÃa. La idea de tener que dejar para siempre aquellos lugares para lanzarse a un porvenir incierto entre los brazos de un hombre a quien llamaban el Tigre de la Malasia, parecÃa aterrarla. Cuando montó a caballo no pudo refrenar las lágrimas.
A una orden de lord James, el pelotón se puso en marcha y tomó el sendero que conducÃa a la emboscada. El anciano se volvÃa de cuando en cuando y lanzaba a Mariana una mirada en la cual se leÃan terribles amenazas.
Ya habÃan recorrido cerca de dos kilómetros cuando se oyó un ligerÃsimo silbido.
Yáñez, que esperaba el asalto de un momento a otro, desenvainó el sable y se puso entre el lord y Mariana.
—¿Qué pasa? —preguntó el lord, volviéndose bruscamente.
—¿No ha oÃdo?
—¿Un silbido?
—SÃ.