Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —¿Y qué?
—Eso quiere decir, milord, que mis amigos nos rodean —contestó Yáñez.
—¡Ah, traidor! —gritó el lord.
—Señor, ya es muy tarde —dijo el portugués, poniéndose delante de Mariana.
En efecto, en ese instante dos mortales descargas derribaron a cuatro hombres y siete caballos. Luego, treinta tigres de Mompracem salieron de la espesura, lanzando gritos feroces y atacaron con furia a la escolta.
El lord lanzó un rugido. Con una pistola en la mano izquierda y el sable en la derecha, se fue como un rayo hacia Mariana.
—¡Espera un poco, viejo lobo de mar —gritó Yáñez—, que te voy a acariciar con la punta de mi acero! –
—Te mataré, traidor! —contestó el lord.
Se lanzaron uno contra otro, Yáñez resuelto a sacrificarse por salvar a la joven, y el inglés decidido a todo por arrebatársela al Tigre de la Malasia.
Los soldados se atrincheraron detrás de los cadáveres de sus caballos y se defendÃan valerosamente. Cimitarra en mano, Sandokán procuraba deshacer aquella muralla de hombres para ir a socorrer al portugués. RugÃa, hendÃa cabezas a diestra y siniestra. La resistencia de los ingleses no podÃa durar mucho más.
—¡Mantente firme, Yáñez! —gritó Sandokán.