Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem Yáñez y Sandokán respiraron, pues se consideraron seguros, y seguidos de Mariana se dirigieron a la proa. Allá lejos se divisaba una larga lÃnea de color incierto que poco a poco fue haciéndose verde.
—¡Más rápido, más rápido! —exclamó ansioso Sandokán.
—¿Qué temes? —preguntó Mariana.
—No lo sé, pero el corazón me dice que ha sucedido algo. ¿Nos sigue siempre la cañonera?
—Sà —contestó Yáñez.
—¡Mala señal!
—Asà es, Sandokán, mala señal.
—¿Ves algo más?
Yáñez miró atentamente con un anteojo y repuso: Veo los paraos anclados en la bahÃa.
Sandokán respiró con alivio, y un relámpago de alegrÃa brilló en sus ojos.
Pronto estuvo el parao bastante cerca para distinguir las fortificaciones, los almacenes, las cabañas.
Sobre la gran roca ondeaba la bandera de la piraterÃa, pero el poblado no estaba tan floreciente ni los paraos eran tantos como antes de que ellos salieran de Mompracem.