Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —¡Ah! —exclamó Sandokán, llevándose una mano al pecho—. ¡Lo que yo sospechaba ha sucedido: el enemigo ha atacado mi isla! ¡Mi isla, un dÃa tan temida e inaccesible, ha sido violada y mi fama se ha oscurecido para siempre!
Cuando por fin desembarcaron Sandokán y sus hombres, los piratas de Mompracem, reducidos a la mitad, se precipitaron a su encuentro, saludándolo con grandes vivas y reclamando venganza contra los invasores.
Como temiera Sandokán, sabiendo los ingleses de su partida y seguros de que encontrarÃan una guarnición muy débil, se dirigieron a la isla, bombardearon las fortificaciones y echaron a pique varios barcos. Llevaron su audacia hasta desembarcar tropas, pero el valor de Giro Batol y de sus tigres concluyó por triunfar y el enemigo se vio obligado a retirarse. HabÃa sido una victoria, es verdad, pero por poco cae la isla.
—¡Este es el fin! —murmuró Yáñez con mortal tristeza.
Profundamente conmovido, Sandokán, acompañado por Mariana, subió lentamente los estrechos escalones que conducÃan a lo alto de la roca. Después de dejar a la joven instalada en una cabaña, bajó a la playa.
La cañonera, en tanto, seguÃa a la vista de la isla. ParecÃa que esperaba algo, probablemente algún otro crucero que viniera de Labuán.