Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem Los piratas, previendo un ataque, trabajaban febrilmente bajo la dirección de Yáñez, reforzando bastiones, excavando fosos, levantando estacadas.
Sandokán se acercó a Yáñez.
—¿Ha aparecido algún nuevo barco? —le preguntó.
—No —contestó el portugués—. Pero la cañonera no se aleja de nuestras aguas y ésa es una muy mala señal.
—Es preciso tomar medidas para poner a salvo nuestras riquezas y, en caso de una derrota, prepararnos la retirada.
—¿Temes que no podamos hacer frente a los atacantes?
—¡Tengo malos presentimientos, Yáñez! Algo me dice que perderé esta isla.
Al caer la tarde, la roca presentaba un aspecto imponente; parecÃa inexpugnable. Los ciento cincuenta hombres que quedaban después del ataque de la escuadra y de la pérdida de las dos tripulaciones que siguieran a Sandokán a Labuán, habÃan trabajado como quinientos.
Llegada la noche, Sandokán hizo embarcar sus joyas y artÃculos de valor en un gran parao y, junto a otros dos, lo envió a las costas occidentales para que se remontara a alta mar por si era necesario huir.