Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem Sandokán intentó un último golpe. Dirigió el fuego de sus cañones sobre la nave almirante y una granada de veintiún kilos, lanzada por Giro Batol con un mortero, le abrió en la proa un enorme boquete. El buque se inclinó sobre un costado y se fue a pique rápidamente. La escuadra suspendió durante algunos minutos el fuego, pero en seguida lo reanudó con mayor furia y avanzó hasta colocarse a cuatrocientos metros de la isla.
Media hora después volaba un polvorín, que terminó de deshacer las ya caídas trincheras, enterrando entre sus escombros a doce piratas y veinte indígenas.
—¡Sandokán! —gritó Yáñez, corriendo hacia el pirata que estaba apuntando su cañón—. ¡Estamos perdidos!
—¡Es verdad! —contestó el Tigre con voz ahogada.
—¡Ordena la retirada antes que sea demasiado tarde!
Sandokán miró las ruinas que lo rodeaban, en medio de las cuales solamente tronaban ya dieciséis cañones y veinte culebrinas. Miró luego hacia la escuadra. Un parao anclaba ya al pie de la gran roca y su tripulación se disponía a desembarcar. La partida estaba perdida.
Reunió todas sus fuerzas para pronunciar una palabra que nunca había salido de sus labios, y ordenó la retirada.