Los Tigres de Mompracem

Los Tigres de Mompracem

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Sandokán no cesaba de gritar alentando a sus hombres. Un parao del sultán hizo explosión y una cañonera española quedó desarbolada.

—¡Vengan a medirse con los tigres de Mompracem! —gritaba Sandokán.

Estaba visto que, mientras no faltara la pólvora, ningún barco podría acercarse a las costas de la temida isla. Pero, por desgracia para los piratas, a eso de las seis de la tarde, cuando ya la flota iba a retirarse, llegó un inesperado socorro para los atacantes. Eran otros dos cruceros ingleses y una gran corbeta holandesa, seguidos a poca distancia por un bergantín de vela perfectamente artillado.

Sandokán y Yáñez palidecieron al ver aquellos nuevos enemigos. Comprendieron que la caída de la roca en sus manos era cuestión de horas. Pero no perdieron el ánimo y apuntaron sus cañones contra los nuevos agresores.

Las granadas caían por centenares en los bastiones y en las casas de la aldea y deshacían las obras de defensa. Al cabo de una hora la primera línea no era más que un montón de ruinas. Dieciséis cañones estaban inservibles y una docena de culebrinas yacían entre un centenar de cadáveres.


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