Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem A pesar de haber perdido para siempre su poderÃo, su isla, su mar, todo, Sandokán conservaba en aquella retirada una calma verdaderamente admirable. Sin duda habÃa previsto el próximo fin y se habÃa habituado a la idea, con el consuelo de que después de tanto desastre le quedarÃa siempre su adorada Perla de Labuán. Sin embargo, en su rostro se veÃan huellas de una emoción muy grande, que en vano se esforzaba por ocultar.
Acompañado de sus piratas, llegó en breve al lugar donde se encontraba Mariana. La joven se arrojó en los brazos de Sandokán, que la estrechó con inmensa ternura contra su pecho.
—¡Vayámonos, Mariana, el enemigo no está lejos! Es probable que todavÃa tengamos que enfrentar una lucha sangrienta.
En lontananza se oÃan los gritos de los vencedores y se divisaba el resplandor de una luz intensa, señal clara de que la aldea habÃa sido entregada a las llamas.
A las once de la noche llegaron al lugar donde estaban anclados los tres paraos.
—¡Pronto, embarquemos! —dijo Sandokán—. ¡Los minutos son preciosos!
Los piratas se embarcaron con lágrimas en los ojos. Treinta tomaron ubicación en el parao más pequeño; los restantes, parte en el de Sandokán y parte en el de Yáñez, que conducÃa los inmensos tesoros del Tigre.
