Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem Al levar anclas, vieron a Sandokán llevarse las manos al corazón.
—¡Todo ha concluido para el Tigre de la Malasia! —murmuró.
Pero en seguida gritó con energía:
—¡A alta mar!
Llevaban ya recorridos cinco kilómetros, cuando un grito de rabia estalló a bordo de los paraos. En medio de las tinieblas habían aparecido las luces de dos cruceros.
—¡También en el mar me persiguen esos malditos! —exclamó Sandokán, estrechando las manos de Mariana—. ¡Tigres, aquí están los leones que se nos echan encima! ¡Arriba todos con las armas en la mano!
No se necesitaba más para animar a los piratas, que ardían en deseos de venganza.
—Mariana —dijo Sandokán a la joven que miraba aterrada los dos puntos luminosos que brillaban en el mar—, vete a tu camarote y no tengas miedo.
—No tema, milady —dijo un viejo jefe malayo—. La noche es muy oscura y no llevamos faros encendidos. Es imposible que nos hayan visto. Sé prudente, Tigre, si podemos evitar un combate, ganaremos la batalla.
—¡Sea! —contestó Sandokán después de algunos instantes de reflexión—. Por el momento dominaré mi ira y trataré de huir, pero ¡ay de ellos si intentan seguirme!