Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem A una orden de Sandokán el parao viró de bordo y se dirigió a las costas meridionales de la isla, donde habÃa una bahÃa bastante profunda para alojar a la pequeña flotilla. Los otros dos paraos se apresuraron a seguir la maniobra, pues habÃan comprendido el plan de Sandokán. El viento era favorable, y habÃa por tanto la posibilidad de que los barcos llegaran a la bahÃa antes de que despuntara el sol.
—¡Eh, hermano! —dijo al poco rato una voz proveniente del segundo parao.
—¿Qué pasa, Yáñez? —preguntó Sandokán.
—Me parece que los cruceros se disponen a cortarnos el camino.
—Entonces han notado nuestra presencia.
—Eso temo, Sandokán. Te aconsejo que nos dirijamos mar adentro e intentemos el paso por entre el enemigo. Mira, se separan para dejarnos al medio. Quieren atacarnos en pleno mar.
—¡Quieren batalla! —dijo Sandokán—. ¡Pues bien, la tendrán!
Durante veinte minutos los tres veleros continuaron avanzando para huir de la encerrona. De pronto vieron que nuevamente viraban los cruceros.
—¡Nos alcanzan! —exclamó Yáñez—. Son una corbeta y una cañonera.