Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —¡Sandokán, amor mÃo! —exclamó Mariana con acento desgarrador.
El teniente se la llevó.
—¡Todo ha concluido! —exclamó con voz triste el pirata—. ¡Ojalá algún dÃa pueda ver feliz a la que tanto amo!
Se dejó caer a los pies de la escala y allà permaneció casi una hora. Luego se levantó. Sacó la cajita y tomó dos pÃldoras, pasando una al dayaco.
—Cuando te dé la señal, te la tragas.
—SÃ, capitán.
Sacó el reloj y miró la hora.
—Son las siete menos dos minutos. Dentro de seis horas volveremos a la vida en pleno mar.
Cerró los ojos y se tragó la pÃldora; Inioko lo imitó. Se vio entonces a los dos hombres retorcerse en un violento espasmo y caer al suelo dando dos agudos alaridos.
A pesar del ruido de las máquinas, todos oyeron los gritos, más que nadie Mariana que los esperaba presa de gran ansiedad.
El teniente bajó precipitadamente a la bodega, seguido del médico del barco. Encontraron los dos cadáveres. El médico los examinó y certificó la muerte de los prisioneros.
Mientras los marineros los levantaban, el teniente volvió a cubierta y se acercó a Mariana.