Los Tigres de Mompracem

Los Tigres de Mompracem

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—Milady —le dijo—, les ha sucedido una desgracia al Tigre y a su compañero.

—¡Lo adivino! ¡Han muerto!

—Es verdad.

—Vivos le pertenecían a usted, pero muertos me pertenecen a mí.

—La dejo en libertad para hacer con ellos lo que quiera, pero le doy este consejo: mande que los echen al mar antes de que lleguemos a Labuán. Su tío podría hacer colgar a Sandokán aun estando muerto.

Acepto su consejo. Mande traer los cadáveres a popa y que me dejen sola con ellos.

Un momento después los piratas, colocados sobre dos tablas, quedaban dispuestos para ser arrojados al mar. Mariana se arrodilló al lado de Sandokán y contempló en silencio su rostro descompuesto por la poderosa acción del narcótico. Esperó que cayera la noche y entonces escondió entre sus ropas dos puñales.

—¡Por lo menos podrán defenderse! —murmuró. Se sentó a sus pies, contando hora por hora, minuto por minuto, segundo por segundo. A la una menos veinte se levantó, pálida pero resuelta. Se acercó a la amura, desató dos salvavidas, que arrojó al mar, y fue en busca del teniente.

—¡Señor, que se cumpla la última voluntad del Tigre de la Malasia! —dijo.

Cuatro marineros levantaron las dos tablas.


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