Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem El Tigre de la Malasia, en vez de escapar, soltó de pronto el salvavidas, se puso el puñal entre los dientes y nadó con resolución hacia el enemigo.
—¡Vamos, ataca, tiburón de los demonios! —exclamó.
El monstruo dio un gigantesco salto que lo hizo salir casi por completo del agua, y se precipitó encima de Sandokán.
El pirata lo esperaba. Lo agarró por una de las aletas del dorso y le clavó el puñal en el vientre.
El enorme pez, herido de muerte, se apartó de su adversario y subió a la superficie. Se volvió furioso hacia el dayaco, pero Sandokán se sumergió nuevamente y lo hirió en medio del cráneo con tal fuerza que la hoja quedó clavada.
—¡Y toma éstas también! —gritó Inioko, lanzando puñaladas.
Esta vez el monstruo se sumergió para siempre, dejando en la superficie una gran mancha de sangre.
—Creo que no volverá. ¿Qué dices, Inioko?
El dayaco no contestó; apoyado en el salvavidas procuraba levantarse para mirar a lo lejos.
—¡Mire, hacia el noroeste! —gritó—. ¡Por Alá! ¡Veo un velero!
—¿Será Yáñez? —dijo Sandokán, emocionado—. Déjame que me suba en tus hombros para poder ver bien.