Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem De pronto una bala de grueso calibre pasó, silbando por entre los mástiles.
—¡Patán —gritó Sandokán—, a tu cañón! No hay que perder un solo tiro. ¡Derriba los mástiles de ese maldito, desmóntale las piezas, y cuando ya no tengas la vista firme, hazte matar!
En ese momento un huracán de hierro atravesó el espacio y dio de lleno en los dos paraos, dejándolos rasos como lanchones.
Gritos espantosos de rabia y de dolor se alzaron entre los piratas, que fueron ahogados por otra andanada de artillerÃa.
El crucero se alejó más de un kilómetro, dispuesto a recomenzar el fuego.
Sandokán, que habÃa salido ileso, se levantó rápidamente.
—¡Miserables! —gritó, mostrando el puño al enemigo—. ¡Huyes, cobarde, pero yo te alcanzaré!
En un momento fueron acumulados en la proa de ambos barcos los mástiles de recambio, cajas llenas de balas, cañones viejos y maderos de toda especie, formando una sólida barricada. Veinte hombres de los más vigorosos volvieron a descender para manejar los remos, y los otros se agolparon en cubierta, temblorosos de furia, empuñando las carabinas y sujetando con los apretados dientes sus puñales.