Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —¡Qué extraño! Deme la carta; yo se la entregaré a lady Mariana.
—Perdóneme, comandante, pero tengo que entregársela personalmente.
—Entonces venga.
Yáñez sintió que se le helaba la sangre en el cuerpo.
—¡Si Mariana hace un gesto, estoy perdido! —murmuró.
Bajaron juntos al camarote.
—Un mensajero de su tÃo lord Guillonk —dijo al entrar el comandante.
Mariana al ver a Yáñez no pudo evitar un estremecimiento, pero no dijo nada. HabÃa comprendido todo de una sola mirada.
Cogió la carta, la abrió y la leyó con una calma admirable.
De pronto Yáñez se acercó a la ventanilla, lanzó un silbido, y exclamó:
—Comandante, allà veo un vapor que se dirige hacia acá.
El comandante se precipitó hacia la ventanilla. Rápido como un relámpago, el portugués se arrojó sobre él y le dio un fuerte golpe en la cabeza con la empuñadura del kriss.