Los Tigres de Mompracem

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—No se la entregues a nadie más que a ella —dijo Sandokán—. ¿Qué harás si el comandante te acompaña a ver a Mariana?

—Si el asunto se embrolla, lo mato —contestó Yáñez con frialdad.

Estrechó la mano de Sandokán y gritó:

—¡A la bahía!

El parao penetró en la pequeña ensenada y se acercó al crucero, seguido por los otros dos barcos. Se puso borda contra borda y allí se quedó.

—¿Dónde está el comandante? —preguntó Yáñez a dos centinelas que se acercaron.

—Separe su barco —dijo uno de ellos.

—¡Al diablo los reglamentos! —contestó Yáñez—. ¿Tienen miedo que los eche a pique? ¡Llamen al comandante, porque tengo órdenes que comunicarle!

En ese momento el comandante salía a cubierta con sus oficiales. Al ver a Yáñez que le mostraba una carta, mandó bajar la escala. El portugués se encontró en un segundo en la cubierta del vapor.

—Capitán —dijo—, tengo que entregar una carta a lady Mariana.

—¿De dónde viene usted?

—De Labuán. El lord está armando un barco para venir a reunirse con usted.

—¿No le dio carta para mí?

—No, señor.


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