Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem Se arrojó impetuoso en medio de sus hombres, corrigió la puntería del cañón que les quedaba, y disparó. Pocos segundos después el palo mayor del crucero se precipitaba al mar, arrastrando a los soldados de las cofas y crucetas.
Mientras el crucero se detenía para salvar a sus hombres, Sandokán aprovechó para embarcar en su parao a la tripulación del que mandaba Giro Batol, que flotaba por verdadero milagro.
—¡Ahora, a la costa y volando! —gritó.
El parao de Giro Batol quedó abandonado a las olas con su carga de cadáveres.
Aprovechando la inacción del enemigo, los piratas se alejaron a toda prisa y se refugiaron en el riachuelo. Ya era tiempo, pues el pobre barco hacía agua por todas partes y se hundía lentamente. Gemía como un moribundo. Sandokán lo embarrancó en un banco de arena.
Apenas vieron que no corría peligro de irse a pique, los piratas irrumpieron en cubierta, las armas en la mano y contraídas de furor las facciones, dispuestos a volver a la lucha. Sandokán los contuvo con un gesto.
—Son las seis —dijo—; dentro de dos horas se pondrá el sol y las tinieblas caerán sobre el océano. Todo el mundo debe ponerse a trabajar para que a medianoche esté listo el parao y podamos hacernos a la mar. —¿Atacaremos al crucero?