Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —No se los prometo, pero les juro que pronto llegará el dÃa en que nos venguemos de esta derrota. Al relámpago de los cañones izaremos nuestra bandera en los bastiones de Victoria.
—¡Viva el Tigre! —aullaron los piratas.
—¡Silencio! —exclamó Sandokán—. Que vayan dos hombres a la boca del rÃo a vigilar al crucero, otros dos a los bosques para que no nos sorprendan. Curen a los heridos y a trabajar todos.
Se sentó sobre el cañón.
—El crucero espera que salgamos al mar para rematarnos —murmuró—, pero se equivoca. ¡El Tigre también sabe ser prudente!
Llamó a Sabau.
—Patán y Giro Batol han muerto —le dijo—. Ahora a ti te corresponde el mando y yo te lo doy.
—¡Gracias, Tigre!
Entre ambos llevaron el cañón hacia popa y lo apuntaron mirando a la bahÃa, de modo que pudieran despejarla a metrallazos si las chalupas del crucero intentaran forzar la boca del rÃo.
Los piratas trabajaron de un modo febril. Pusieron nuevos mástiles, taparon todos los agujeros y renovaron los cordajes. A las diez ya el barco podÃa volver al mar y afrontar un nuevo combate.