Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem Una hora después Sandokán mandó que llamaran a los hombres que habÃa enviado a la boca del rÃo a vigilar al crucero.
—¿Está libre la bahÃa? —les preguntó.
—SÃ.
—¿Y el crucero?
—Está delante de la bahÃa, a unos ochocientos metros.
—Tenemos espacio suficiente para pasar —murmuró Sandokán—. Las tinieblas protegerán nuestra retirada. ¡Zarpemos!
Veinte hombres empujaron el parao hacia el rÃo.
—Que nadie grite —dijo Sandokán con voz imperiosa—; abran bien los ojos y tengan dispuestas las armas. ¡Vamos a jugarnos una partida terrible!
Se sentó junto al timón con Sabau a su lado y guió resueltamente el barco hacia la boca del rÃo. La oscuridad favorecÃa la fuga. Desplegaron una vela latina, pintada de negro para confundirse con las sombras de la noche. La cubierta del parao parecÃa desierta.
—El crucero está muy cerca, con todos sus fuegos encendidos —dijo Sandokán—. Está esperándonos. Pasaremos rasando la costa para confundirnos con la masa de los árboles y en seguida nos lanzaremos al mar.