Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem El viento era más bien débil, pero el mar estaba calmo. Sandokán temblaba de rabia. Él, el formidable Tigre de la Malasia, sentÃa vergüenza de huir silencioso como un ladrón. ¡Le hervÃa la sangre de furor y sus ojos relampagueaban!
Se habÃa alejado el parao unos seiscientos pasos de la bahÃa y se preparaba para lanzarse a alta mar, cuando vio que el crucero encendÃa los faroles de posición.
—¡Nos han visto! —exclamó.
—¡A las armas! —gritaron a bordo del barco de guerra—. ¡Se escapan los piratas!
Se oyó el redoblar de un tambor llamando a los soldados y a la marinerÃa.
Los corsarios, incrustados materialmente en las amuras y agolpados detrás de la barricada hecha con troncos de árbol, apenas respiraban, pero sus rostros feroces revelaban el estado de su ánimo. Sus dedos crispados apretaban las armas, impacientes por oprimir el gatillo.
Oyeron el silbido metálico de un proyectil al atravesar el aire. Un humo rojizo salÃa por la chimenea del crucero. Se escucharon las órdenes de los oficiales y los pasos precipitados de los tripulantes. El vapor corrÃa para echarse encima de la nave corsaria.
—¡Preparémonos para morir como héroes! —gritó Sandokán, que no se hacÃa ilusiones acerca del éxito de aquella lucha.