Los Tigres de Mompracem

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Un miedo extraño lo acometió. Le parecía oír ladridos de perros, gritos de hombres, rugidos de fieras. Tal vez se creyó descubierto. Muy pronto su carrera se hizo vertiginosa. Completamente fuera de sí, corría como caballo desbocado, se lanzaba en medio de la maleza, saltaba sobre los troncos caídos y agitaba furioso el kriss.

Corrió por diez o quince minutos, despertando con sus gritos los ecos de los bosques tenebrosos, pero al cabo se detuvo anhelante y medio muerto. Cayó, rodando por el suelo. Por todas partes veía enemigos. Presa de un espantoso delirio, Sandokán caía y se levantaba, y volvía a caer.

Durante algún tiempo siguió corriendo, gritando y amenazando.

—¡Sangre, denme sangre para apagar la sed! ¡Yo soy el Tigre del mar malayo!

Ya fuera del bosque, se lanzó a través de una pradera, al extremo de la cual le pareció ver confusamente una empalizada. Se detuvo y cayó de rodillas. Estaba exhausto. Quiso volver a levantarse pero un velo de sangre le cubrió los ojos y se desplomó.


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