Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem Bebió algunos sorbos de agua para calmar la fiebre que comenzaba a invadirlo y se arrastró hasta debajo de un gigantesco árbol, una areca que le ofrecÃa sombra fresca. Durmió largo rato y despertó con una sed abrasadora.
Apoyándose en el tronco de la areca, se puso de pie.
—¿Quién habrÃa de decir —exclamó, apretando los dientes— que un dÃa el leopardo de Labuán vencerÃa a los tigres de Mompracem? ¿Que yo, el invencible Tigre de la Malasia, llegarÃa aquà derrotado y herido? ¡La venganza! ¡Todos mis paraos, mi isla, mis hombres, mis tesoros, por destruir a esos hombres blancos que me disputan este mar! ¿Qué me importa que hoy se ensoberbezca el leopardo inglés con su victoria? ¡Ya temblarán todos los ingleses de esta isla, porque verán mi sangrienta bandera a la luz de los incendios! Paciencia por ahora, Sandokán. Sanaré y volveré a Mompracem aunque tenga que construir una balsa a golpes de kriss.
Varias horas estuvo tendido bajo la areca, mirando sombrÃo las olas que iban a morir casi a sus pies. Sus ojos parecÃan buscar bajo las aguas los cascos deshechos de sus barcos o los cadáveres de sus desgraciados marineros.
Las sombras cayeron sobre el bosque. Presa de un repentino ataque de delirio, se levantó, echó a correr como un loco y se internó en la selva.