Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem Se levantó con gran trabajo sobre los brazos. Parecía que rodaba sobre fondos bajos. Como a través de una niebla sangrienta descubrió una costa a muy breve distancia.
—¡Labuán! —murmuró—. ¿Llegaré allí, a la tierra de mis enemigos?
Reuniendo sus fuerzas abandonó aquella tabla que lo había salvado de una muerte segura, y se dirigió hacia la costa. Avanzó vacilante a través de los bancos de arena y, después de luchar contra las últimas oleadas de la resaca, llegó a la escollera y se dejó caer pesadamente en el suelo.
Aun cuando se sentía extenuado por la larga lucha y por la gran cantidad de sangre perdida, destapó su herida y la observó. Había recibido un balazo bajo la quinta costilla del costado derecho. Quizás no fuera grave, pero podía llegar a serlo si no se curaba pronto.
A pocos pasos oyó el murmullo de un arroyo. A él se dirigió como pudo y lavó su herida cuidadosamente y la oprimió hasta hacer brotar unas gotas de sangre. Después la cerró y la ligó con una tira de su camisa.
—¡Sanaré! —murmuró con tanta energía como si fuera el amo de su propia existencia.