Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem Se asomó a la ventana. Allá, debajo de un magnolio en flor, estaba sentada la joven lady en actitud pensativa. Le pareció una visión celestial.
De pronto se hizo atrás con un grito ahogado, semejante a un rugido.
—¡Qué iba a hacer! —exclamó con voz ronca—. Pero, ¿será verdad que amo a esa muchacha? ¿No es esto una locura? No soy ya el pirata de Mompracem, pues me siento arrastrado por una pasión irresistible hacia esa hija de una raza que odio. ¿Olvido a mi salvaje Mompracem, a mis fieles tigrecitos, a mi buen Yáñez? ¿Olvido que los compatriotas de ella no esperan más que el momento oportuno para destruir mi poder? ¡Apaguemos este volcán que arde en mi corazón, indigno del Tigre de la Malasia! ¡Haz oÃr tu rugido, Tigre; destierra de tu pecho el reconocimiento que debes a estas gentes que te han curado la herida y huye de estos sitios! ¡Vuelve al mar; vuelve a ser el terrible pirata de Mompracem!
Apretaba los puños y los dientes, tembloroso de cólera. Sin embargo, permaneció con los ojos ardientes fijos en la joven.
—¡Mariana! —exclamó al cabo de unos minutos—. ¡Mariana!