Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem Para Sandokán quedarse en la quinta, cerca de la joven que lo fascinaba, era la vida, era todo. No pedÃa más por el momento.
¿Qué le importaba que en Mompracem lo lloraran por muerto? ¿Qué le importaba su fiel Yáñez, cuando Mariana comenzaba a corresponderle? ¿Qué le importaba no experimentar las emociones terribles de las batallas, si ella le hacÃa sentir emociones mucho más sublimes? ¿Qué le importaba que lo descubrieran y que lo mataran, si todavÃa respiraba el mismo aire que respiraba Mariana?
—SÃ, milord, me quedaré el tiempo que usted quiera —contestó—. Acepto su hospitalidad y si algún dÃa, no olvide estas palabras, milord, nos encontramos con las armas en la mano como valientes enemigos, recordaré cuánto agradecimiento le debo.
El inglés lo miró estupefacto.
—¿Por qué habla as�
—Quizás lo sepa algún dÃa.
El lord antes de salir se volvió al pirata y le dijo:
—Si quiere bajar al parque, encontrará en él a mi sobrina, cuya compañÃa espero que le hará más agradable el tiempo.
—¡Gracias, milord!
Era lo que deseaba Sandokán, poder encontrarse a solas con ella para revelarle la pasión que lo devoraba.