Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —¿No sabe, milady —dijo el pirata acercándose más—, que mi corazón parece estallar cuando pienso que vendrá el dÃa en que tendré que dejarla para siempre, para no volver a verla más? Si el tigre me hiere, permanecerÃa bajo el mismo techo que usted, volverÃa a gozar de las dulces emociones que sentà cuando yacÃa herido en el lecho. ¡SerÃa feliz oyendo otra vez su voz, recibiendo sus miradas y sus sonrisas! Milady, usted me ha hechizado; presiento que no podré vivir lejos de usted. ¿Qué ha hecho de mi corazón, siempre inaccesible a todo afecto? MÃreme, con sólo estar a su lado siento temblar mi cuerpo y la sangre me quema las venas.
Al oÃr tan apasionada e imprevista confesión, Mariana quedó muda; pero no hizo movimiento alguno por retirar las manos que el pirata estrechaba con frenesÃ.
—No se moleste si le confieso mi cariño —prosiguió el Tigre con voz que llegaba como una música al corazón de la huérfana—, si le digo que yo, aun cuando pertenezco a una raza de color, la adoro como una diosa, y que usted también algún dÃa me querrá. ¡Tan poderoso es el amor que arde en mi pecho, que por usted serÃa capaz de luchar contra los hombres, contra el destino, contra Dios! ¿Quiere ser mÃa? ¡Yo la haré la reina de estos mares, la reina de la Malasia! Pida lo que quiera y lo tendrá. Tengo oro suficiente para comprar diez ciudades; tengo barcos, cañones, soldados, soy más poderoso de lo que pueda usted suponer.