Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —¿Se ha marchado sin haberme dicho nada anoche? —murmuró—. ¿Se estará tramando alguna traición en mi contra? ¿Y si esta noche volviera como enemigo? ¿Qué debo hacer con ese hombre que me ha cuidado como un padre y que es el tÃo de la mujer a quien adoro? ¡Ah, qué bella estaba Mariana la tarde en que intenté huir! ¡Y yo trataba de alejarme para siempre de ti, cuando tú me amabas ya! ¡Extraño destino! ¿Quién hubiera dicho que yo amarÃa a esa mujer? ¡Y cómo la amo! ¡Por esa mujer serÃa capaz de hacerme inglés, me venderÃa como esclavo, dejarÃa para siempre la borrascosa vida de aventurero, maldecirÃa a mis tigrecillos y a ese mar que domino y que considero como la sangre de mis venas!
Inclinó la cabeza y se sumergió en un mundo de pensamientos. Pero volvió a levantarla, con los dientes apretados y los ojos despidiendo llamas.
—¿Y si rechaza al pirata? —exclamó—. ¡No es posible, no es posible! ¡Aunque tenga que poner fuego a Labuán, será mÃa!
Bajó al parque y empezó a pasearse, dominado por una intensa agitación.
Mariana apareció caminando por un sendero.
—Lo buscaba, mi heroico amigo —dijo ruborizada. Se acercó un dedo a los labios como para recomendarle silencio, lo cogió de una mano y lo condujo a una pérgola.