Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem El marino susurró al oÃdo del lord unas palabras que nadie pudo oÃr.
—Está bien —contestó lord James—. ¡Buenas noches, amigos, y que Dios nos libre de malos encuentros!
Los cazadores montaron a caballo y salieron del parque galopando.
Después de saludar al lord, que se habÃa puesto de muy mal humor, y de estrechar apasionadamente la mano de Mariana, Sandokán se retiró a su cuarto. Se paseó largo rato. Una inquietud inexplicable se reflejaba en su rostro, y sus manos atormentaban la empuñadura del kriss. Sin duda pensaba en el interrogatorio que le habÃa hecho el oficial. ¿Lo habrÃa reconocido, o era nada más que una sospecha? ¿Tramaba algo contra el pirata?
—¡Si me preparan una traición —dijo al fin Sandokán alzando los hombros—, yo sabré deshacerla! Nunca he tenido miedo a los ingleses. Descansemos y mañana ya veré qué es lo que hay que hacer.
Se echó en la cama sin desnudarse, puso el kriss al lado, y se durmió tranquilamente con el dulce nombre de Mariana en los labios.
Despertó al mediodÃa, cuando ya el sol entraba por las ventanas.
Le preguntó a un criado dónde estaba el lord, pero le contestó que habÃa salido a caballo antes del amanecer, en dirección a Victoria. Tal noticia lo dejó estupefacto.