Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —Seguramente se equivoca usted, prÃncipe, porque precisamente entonces nuestro crucero navegaba por esos parajes y no llegó a nosotros el eco de ningún cañonazo.
—Pudiera ser, porque el viento soplaba de Levante —contestó Sandokán, que principiaba a ponerse en guardia, sin saber adónde iba a parar el oficial.
—¿Cómo llegó usted aqu�
—A nado.
—¿Y no asistió a un combate entre un crucero y dos barcos corsarios, que decÃan que iban mandados por el Tigre de la Malasia?
—No.
—¡Es extraño!
—¿Usted pone en duda mis palabras? —preguntó Sandokán poniéndose de pie.
—¡Dios me libre de ello, prÃncipe! —contestó el oficial con ligera ironÃa.
—Baronet William —intervino el lord—, le ruego que no promueva una disputa en mi casa.
—Perdóneme, milord, no tenÃa esa intención —respondió el oficial.
—Entonces, no se hable más. Bajaron todos al parque.
—¿Me permite una palabra, milord? —dijo el oficial.
—Por supuesto.