Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —¡MÃa! ¡Eres mÃa! —exclamó con una felicidad inenarrable.
—¡Llévame lejos, a una isla cualquiera, pero donde pueda quererte sin peligro ni ansiedades!
—Si quieres, te llevaré a una isla lejana cubierta de flores, donde no oigas hablar de Labuán ni yo de Mompracem. A una isla encantada donde podrán vivir enamorados el terrible pirata y la hermosa Perla de Labuán. ¿Quieres, Mariana?
—¡SÃ, si tú quieres, iré contigo! Pero ahora te amenaza un grave peligro, tal vez se trama una traición contra ti.
—Lo sé —exclamó Sandokán—, pero no la temo.
—Te pido que te marches, Sandokán.
—¡Marcharme! ¡Si no tengo miedo!
—Huye, Sandokán, mientras sea tiempo. Temo que te suceda una desgracia. Mi tÃo no ha salido por capricho; debe haberlo llamado el baronet William Rosenthal, que probablemente te ha reconocido. ¡Por favor, parte, vuelve a tu isla ahora! ¡Ponte a salvo antes de que una tempestad caiga sobre tu cabeza!
En lugar de obedecer, Sandokán cogió a la joven y la levantó en los brazos. Su rostro tenÃa ahora otra expresión: le brillaban los ojos, las sienes le latÃan con furia y sus labios se entreabrÃan mostrando los dientes.