Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem Un instante después se arrojó como una fiera a través del parque, saltando los arroyos y la cerca. No se detuvo hasta llegar a la playa, por la cual vagó largo tiempo sin saber qué hacer. Cuando decidió regresar, ya había caído la noche y salía la luna.
Apenas llegó a la quinta, preguntó por el lord, pero le informaron que no había vuelto.
Fue al saloncito y allí estaba Mariana, arrodillada ante una imagen, con el rostro inundado de lágrimas.
—¡Adorada Mariana! —exclamó el pirata—. ¿Lloras por mí? ¿Porque soy el Tigre de la Malasia, el hombre odiado por tus compatriotas?
—¡No, Sandokán! ¡Tengo miedo! ¡Huye de aquí, pronto!
—Yo no tengo miedo. El Tigre de la Malasia no ha temblado nunca y...
Se interrumpió. En el parque resonaba el galope de un caballo.
—¡Mi tío! ¡Huye, Sandokán! —exclamó Mariana.
—¡Yo! ¡Yo!
En ese momento entraba lord James, grave, con mirada torva, y vestido con el uniforme de capitán de marina.
—Si yo hubiera sido un hombre de su especie —dijo con desdén—, antes de pedir hospitalidad a un enemigo me hubiera dejado matar por los tigres del bosque. ¡Es usted un pirata y un asesino!