Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —¡Señor —exclamó Sandokán, dispuesto a vender cara su vida—, no soy un asesino, soy un justiciero! —¡No quiero una palabra más! ¡Salga de mi casa! Sandokán lanzó una larga mirada a Mariana, que habÃa caÃdo al suelo medio desvanecida y con paso lento, la mano en la empuñadura del kriss, alta la cabeza, fiera la mirada, salió del saloncito y descendió la escalera, ahogando con un poderoso esfuerzo los latidos furiosos de su corazón y la emoción profunda que lo dominaba.
En cuanto llegó al parque se detuvo y desnudó el kriss, cuya hoja brilló a los rayos de la luna.
A trescientos pasos se extendÃa una fila de soldados que, con la carabina en la mano, se disponÃan a hacer fuego sobre él.