Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem Apartó un poco las hojas y, conteniendo la respiración, miró hacia lo más sombrÃo del bosque. Dos soldados avanzaban con todo cuidado.
—¡El enemigo! —murmuró—. ¿Me he extraviado o han venido siguiéndome tan de cerca?
Los dos soldados se detuvieron casi debajo del árbol que servÃa de refugio a Sandokán.
—Me da miedo esta espesura —dijo uno.
—A mà también —contestó el otro—. El hombre que buscamos es peor que un tigre, capaz de caer de improviso encima de nosotros. ¿Viste como mató a nuestro cabo en el parque?
—¡No lo olvidaré jamás! ¡No parecÃa un hombre! ¿Crees que lograremos prenderlo?
—Tengo mis dudas, a pesar de que el baronet William Rosenthal ofrece cincuenta libras esterlinas por su cabeza. Pero yo creo que mientras nosotros corrÃamos hacia el oeste para impedirle embarcarse en algún parao, él va hacia el norte o hacia el sur.
—Pero mañana saldrá un crucero y le impedirá huir.
—Tienes razón. ¿Qué hacemos ahora?
—Vayamos a la costa y después veremos. Allá esperaremos al sargento Willis, que viene cerca.
Lanzaron un último vistazo en derredor y continuaron su ruta hacia el oeste.