Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —¡Otra vez ese idiota! —exclamó—. ¡Ocúltate, Giro Batol!
—¡Eh, sargento! —gritó el soldado—. ¿Asà me ayuda a prender al pirata? ¡Mientras yo reventaba mi caballo usted no se ha movido!
Sandokán le contestó con indiferencia.
—Encontré nuevas huellas del pirata y preferà esperarlo a usted.
—¿Descubrió su pista? ¡Yo creo que ese bribón se divierte engañándonos!
—Eso mismo pienso yo.
—¿Se las mostró el negro que hablaba con usted, sargento?
—No, ese es un isleño que encontré por casualidad y me acompañó un rato.
—¿Y adónde se ha ido?
—Se internó en el bosque. Andaba siguiendo la pista de una babirusa.
—No debió dejarlo marchar. PodrÃa darnos indicaciones preciosas para ganar las cien libras esterlinas.
—Me temo que se han evaporado, camarada. Por mi parte, renuncio, y me vuelvo a la quinta de lord Guillonk.
—Yo no tengo miedo, sargento. Seguiré tras el pirata.
Y el soldado partió espoleando su cabalgadura.
—¡Si vuelve lo saludo con un buen tiro! —exclamó Sandokán.