Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem La cabaña se elevaba en medio del bosque, entre dos árboles colosales que la defendÃan del sol con la enorme masa de sus hojas.
Era una choza baja y estrecha, con techo de hojas de plátano, pero suficiente para dar asilo a dos personas. Su única abertura era la puerta, de ventanas no habÃa ni rastro.
—Mi cabaña no es gran cosa —dijo Giro Batol—, pero aquà puede descansar a su gusto, mi capitán. Hasta los indÃgenas ignoran que existe. Puede dormir en este lecho de hojas cortadas; si tiene sed, tengo agua fresca, y si tiene hambre, tengo fruta.
—¡No pido nada más, Giro Batol! —contestó Sandokán—. No esperaba encontrar tantas cosas.
—Deme media hora para asarle un trozo de carne.
—¡Gracias! Acepto todo lo que me ofreces, porque estoy hambriento como un tigre que haya ayunado una semana.
—Entretanto, encenderé el fuego. Los árboles son tan altos y espesos que no lo dejan ver.
Es curioso el método a que recurren los malayos para encender fuego sin fósforos.
