Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —¿Y va en esa canoa?
—No encontré nada mejor.
—¡Cuidado, porque hay algunos paraos malayos que rondan mar adentro!
—¡Ah! —exclamó Sandokán, temblando de alegrÃa. Ayer vi dos, y jurarÃa que vienen de Mompracem. Tendré cuidado, comandante.
—¡Buen viaje, entonces!
El cañonero se dirigió a Labuán, en tanto que Giro Batol orientaba la vela hacia Mompracem.
—¿Has oÃdo? —le preguntó Sandokán.
—SÃ, mi capitán.
—Nuestros barcos están en estas aguas.
—Lo buscan todavÃa, capitán.
—¡Qué sorpresa para el buen Yáñez cuando vuelva a verme!
Volvió a sentarse a popa, con la mirada dirigida a Labuán, y no habló más.
Al amanecer los separaban de Mompracem unos doscientos kilómetros, distancia que podÃan recorrer en menos de veinticuatro horas.
El malayo sacó algunas provisiones y se las ofreció a Sandokán. Pero éste, absorto en sus meditaciones, ni siquiera contestó.
—¡Está hechizado! —repitió el malayo meneando la cabeza—. ¡Pobres de ustedes, ingleses, si han embrujado al Tigre!