Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem Durante el día el viento decayó varias veces, pero por la tarde, al ponerse el sol, sopló un viento fresco que empujó rápidamente la canoa hacia el Poniente.
Al anochecer, el malayo, que iba de pie en la proa, avistó una masa oscura que surgía del mar.
—¡Mompracem! —exclamó.
Al oír este grito, Sandokán, emocionado por primera vez desde que se embarcara, se levantó de un salto.
Había desaparecido de su rostro la expresión de melancolía, y le brillaban los ojos.
Contempló su isla salvaje, el baluarte de su poder, de su grandeza en aquellos mares, que no en vano llamaba suyos. Otra vez era el Tigre de la Malasia.
Sus ojos se detuvieron en la alta roca, donde todavía ondeaba la bandera de los piratas.
—¡Mompracem! —exclamó—. ¡Por fin vuelvo a verte! —¡Estamos a salvo, Tigre! —dijo el malayo, poseído de una loca alegría.
Sandokán lo miró asombrado.
—¿Todavía merezco ese nombre, Giro Batol? —preguntó—. ¡Creí que ya no lo merecía!
Cogió el timón y dirigió la canoa hacia Mompracem. A las diez atracaron cerca de la gran peña. Al poner el pie en su isla, Sandokán respiró con fuerza. Es posible que en ese momento se olvidara de Labuán y de Mariana.